jueves, 30 de julio de 2009

Mirando hacia otro lado.

Con el paso de los años, dicen, llega una calma razonada en la que dejan de caber los arrebatos, van haciéndose reflexivas las pasiones y los placeres que fueron vehementes accesos se convierten en reposados momentos que pueden prolongarse indefinidamente sin más límites que la propia paciencia de su protagonista. No significa esto, claro, que la madurez traiga consigo una absurda monotonía. Al contrario. Con la edad y el acopio siempre constante de experiencias y momentos vividos, uno no sólo conserva la alegría, sino que aprende a encontrarla en los lugares menos esperados.

Despertar en la orilla de la playa en el segundo preciso del amanecer, con el pecho cruzado por el brazo de la mujer del cabello de trigo que duerme inmersa en una paz celestial. Aspirar al mismo tiempo el olor del periódico del día, el café matutino y las quesadillas con chile tatemado del Puesto de los Medina en el mercado municipal. Ver correr a mi pequeño, que gusta de dar pequeños saltos caricaturescos cuando está realmente emocionado por una buena noticia. Cosas que quizá ocurran cinco o seis días a la semana, o un par de veces al mes, pero que en su cotidianeidad llevan la semilla que germinará en la enorme sonrisa de mi rostro.

Son las pequeñas irregularidades las grandes diversiones. Todos los días, inevitablemente se vislumbra un montón de problemas. Es cosa del diario. Lejos de preocuparme, sin embargo, me emociona. Los problemas son precisamente el condimento de la rutina. Resolverlos siempre me hace sentir poderoso. Cuando hay demasiada paz uno se vuelve torpe, soso. Uno baja la guardia y en esa distracción generalmente viene un madrazo en la cara de los que es difícil despabilarse. Por eso en los momentos en que todo parece ir bien, es conveniente dar un golpe de timón, sólo para mantener a la tripulación despierta.

Es el caso, supongo. Después de haber alimentado y atendido con paciencia monacal mi bitácora anterior, tuvo que entrarme en la cabeza que quizá estaba tomándome un compromiso que no estaba dispuesto a aceptar. No sin que sea a cambio de una remuneración monetaria muy cuantiosa, quiero decir.

Reformulando: Me cansé de escribir temas que esperaba fueran leídos y posteriormente debatidos por sus lectores sin que eso sucediera. Monitor fue un blog muy querido por mí, pero que, en parte por mi indisciplina, mi falta de convocatoria y los misterios de la blogósfera (concepto de Guffo Caballero), nunca terminó de levantar. Y bueno, 5 años deberían ser suficientes para entender que si un blog no ha funcionado, no funcionará.

Sin embargo, el segundo uso de Monitor siempre fue el de una especie de pizarrón donde a veces dejaba trozos de relatos que luego se convertían en largas historias, algunas de ellas memorables. Dos, por lo menos, ahora están publicados en forma de cuentos en bonitas revistas literarias. Es en parte por este segundo uso y en parte mucho menor por el primero, que a partir de hoy publicaré acá, en el blog que decidí llamar el Renglón, para así firmar un pacto conmigo mismo de pasar a dejar por lo menos un renglón al día, y así ejercitar la mano mala que en este momento debería más bien estar avanzando en mi segunda novela.

Poco a poco, como en todo, las cosas tomarán su forma definitiva y sabré si este nuevo pizarrón trabaja mejor que el anterior. Por lo pronto, queda hecho el trato.